Ramón de la Vega. El autor sevillano publica ‘La visión encendida’
10 agosto, 2012
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Lluvia en el rostro. Dos relatos. Portada de la Revista ABRIL

El cielo había adquirido un aspecto ceñudo y era fácil adivinar que la tormenta no tardaría en estallar con estruendo sobre nuestras cabezas.

–¿Te has fijado? –me dijo María–, el cielo parece ahora mucho más bajo. Da la impresión de que, con una escalera, podría tocarlo.

Había nacido en Argentina, en uno de los pueblos más al sur de la Patagonia, a pocos cientos de kilómetros de la Antártida, allí donde los paisajes de hielo son tan espectaculares y el cielo asemeja a veces a una inmensa admonición bíblica.

Cuando la lluvia empezó finalmente a caer sobre nosotros, María sonrió, complacida.

Estuvimos así aún unos minutos, disfrutando de aquel calor húmedo, y por fin me cogió de la mano y me llevó dentro.

Fue una de nuestras noches más hermosas, una de esas noches en que María se dejaba ser plenamente y reflejaba con intensidad el valor que atribuía a su vida y a la de quien quería compartirla.

A la mañana siguiente, sin embargo, me despertaron sus gritos. A unos metros de nuestra sencilla cabaña, el terreno se había abierto a causa de la tromba de agua que había caído durante toda la noche y una grieta la había devorado prácticamente al salir a buscar un barreño.

Tenía el rostro manchado de barro y sangre, magulladuras por todo el cuerpo y un corte profundo en la cadera. La metí en la cama, un modesto colchón tirado en el suelo, y aquella noche le subió la fiebre. Estaba muy débil y me sorprendió ver que sus labios estaban tan hinchados.

Antes de morir, María me dijo que desde pequeña, siempre había amado la naturaleza, pero se arrepentía de haberlo hecho: ahora, cobardemente, le arrebataba la vida. Quise decirle que también nosotros, ella y yo, éramos naturaleza y parte de aquella misma violencia que ahora la golpeaba, pero no tuve tiempo: sus ojos quedaron en ese momento abiertos, fijos e inmóviles para siempre.

Durante mi larga peregrinación hacia su pueblo de origen, recé muchas veces por ella, algo que no hacía desde niño, quizás porque sentía que me estaba acercando cada vez más a los límites del mundo y de la vida. Llevaba a María profundamente en el recuerdo y durante mi viaje, ante aquella vasta planicie cabalgada por nubes presurosas, me preguntaba si era el paisaje el que me observaba a mí o era al revés. En ese momento, a modo de respuesta, se levantó un viento helado que arrastraba arenilla roja y debí servirme de mi chubasquero para protegerme.

Aún me quedaban, sin embargo, más de 10 kilómetros de caminata hacia el primer pueblo habitado, y la noche ya caía trayendo su oscuridad creciente y mi seguro desconsuelo.

Cuando llegué a su casa, me recibió su madre, una mujer curtida por el frío y la soledad. Tenía lágrimas en los ojos mientras me escuchaba hablar de María. Fui totalmente sincero al referirme a la hermosa y valiente personalidad de su hija y había en su rostro una expresión de cierta gratitud. Después, de pronto, me dijo: «mi hija siempre amó la naturaleza y al final fue traicionada por ella». Sorprendente: ¿madre e hija pensaban exactamente lo mismo?

Al emprender, a la mañana siguiente, el viaje de vuelta, me sentí como perseguido por un frío glacial. El día había amanecido especialmente hostil. Sin embargo, el cielo se fue despejando y un inmenso azul se extendió ante mi vista. Estoy seguro de que a María le habría gustado aquel azul que parecía presagiar la eternidad. En ese momento me vino a la cabeza un pequeño poema que le escribí al poco de conocernos:

 

Estoy tratando de vivir

lo que tú ya has perdido,

me habría gustado tener aquí y ahora

lo que ya no eres,

pero te buscaré también

en el futuro, desnudo y auténtico,

hasta el último rincón

donde vivas para siempre.

Rodeado de aquella majestuosa y agreste naturaleza, ¿no estaba volviendo en efecto al último rincón donde ella había comenzado a vivir para siempre?

La caída

El niño estaba cubierto con una manta y respiraba con cierta ansiedad, casi a bocanadas, como si temiera que pudiese faltarle el aire o sufriera en su imaginación lo que había estado a punto de sucederle. Sin embargo, el hecho era irrebatible: había caído cinco pisos desde la pequeña terraza del modesto apartamento donde se encontraba con su abuela y sólo la ropa tendida en el primero había permitido amortiguar un poco el golpe. Se había precipitado en caída libre al vacío y ahí estaba: vivo, perplejo, asustado, sin palabras. Tenía un ligero dolor en la espalda, pero nada que pudiera asociarse al tipo de accidente que había sufrido: sentía sus manos, sus pies, el resto de su cuerpo…

A su alrededor se encontraban ya más de una docena de vecinos y nadie se atrevía a tocarlo, probablemente por efecto del milagro de verle aún vivo y no interceder en lo que la suerte había protegido tanto.

Una señora pidió que le dejaran ponerle al menos una mano en la frente para transmitirle un poco de calor y calmarlo porque debía sentirse muy asustado, pero se lo impidieron. «Es peligroso moverlo», le dijeron.

La ambulancia no podía tardar y esperaban también de un momento a otro la llegada de la madre, que aún debía recorrer los 20 kilómetros que la separaban de su lugar de trabajo.

Y entonces ocurrió.

–Está sonriendo –le comentó, fascinado, un caballero al joven que tenía a su derecha.

–Está sonriendo –se oyeron otras voces.

El niño sonreía, en efecto: una sonrisa clara, expresiva, casi satisfecha.

–¿Quieres algo? –le preguntaron como contagiados por el gesto.

Pero el niño callaba limitándose a sonreír. Resultaba tan dulce en esos momentos aquella sonrisa, era un gesto tan poderoso en esas circunstancias que los ojos de algunos de los presentes se humedecieron.

Vino la madre del chico y la fuerte emotividad del momento no hizo sino multiplicarse al asistir al llanto, las efusiones de amor, los lamentos reprimidos de aquella mujer condenada a lamentarse el resto de su vida por no haber estado aquel día, a aquella hora, en su casa.

Tras ella, apenas unos minutos después, se presentó la ambulancia y los servicios de urgencia cumplieron con conmovedora eficacia su cometido: rápidos, profesionales, discretamente compasivos.

Los vecinos vieron partir a la madre junto al niño y durante horas, los pequeños corrillos y las conversaciones casi en susurros eran fiel reflejo de la profunda conmoción en la que todavía se encontraban. Cuando a la mañana siguiente supieron que, una vez en el hospital, el niño del quinto había entrado en coma, todos buscaron instintivamente el recuerdo de aquella sonrisa. ¿Podía haber una manera más profunda de despedirse de la vida?

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