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Escuchando la noche. Relato. Portada de la Revista ABRIL

Oigo un grito junto a los acantilados y echo a correr, aunque, a causa del viento, no me llega con claridad la procedencia del grito y eso hace que avance y retroceda en distintas direcciones sin saber con certeza a dónde debo ir. Momentos después el grito se repite y consigo distinguir por fin. Me asomo por encima de uno de los desniveles del terreno y veo, a varios metros debajo de mí, a una mujer tirada en una minúscula playa. Doy un largo rodeo y consigo acceder a uno de los extremos de la playa y corro hasta ella. La mujer sigue tumbada, inmóvil. La hablo, me agacho y finalmente le sacudo suavemente un hombro. Al ver que no reacciona, me acerco a su cara, le abro un ojo, le cojo la muñeca y palpo su pulso y compruebo que está viva. De hecho, en ese momento ella misma abre rápidamente los ojos, aunque no tarda en volverlos a cerrar. La observo con atención, pero no veo nada anormal en su aspecto. Está vestida con una camiseta y un pantalón corto, aunque ahora que lo considero más atentamente, advierto que no lleva ningún tipo de calzado. Abre de nuevo los ojos y esta vez consigue fijar su mirada en mí. Le pregunto qué le ha pasado y si se encuentra bien, pero no me responde. Su mirada es en esos momentos una mirada inquieta, conmovida, pero de todos modos dulce. Tanto que, por un momento, tengo la impresión (equivocada) de que en sus labios se dibuja una pequeña sonrisa. Pero no sonríe, sino que sólo me observa, no sé si extrañada de que yo me encuentre allí o quizás por el simple hecho de poder observarme y saber que está viva y hay alguien en esos momentos que se preocupa por ella. Vuelvo a dirigirle la palabra y su única reacción es apuntar con la mano hacia arriba, a la parte alta del acantilado. Deduzco que lo que está tratando de decirme es que se ha caído desde allí, pero me parece improbable: su cuerpo presentaría algún tipo de contusión o alguna herida y tendría probablemente sangre en alguna parte de su cuerpo y sin embargo, como he comprobado antes, no hay nada raro en él. Me siento a su lado en la arena y decido esperar hasta que ella recupere sus fuerzas y mientras espero, miro al mar y dejo que mi mirada descanse en el horizonte. Todavía hay mucha claridad, pero hace ya tres o cuatro horas que el sol abandonó el mediodía. El color del mar y el cielo claro junto con la arena de la playa y las rocas que rodean el acantilado constituyen un paisaje especialmente grato, probablemente en gran medida por la ausencia de presencia humana o, para ser más exactos, por la excepcionalidad de esa ausencia. Cualquier paraje natural de una cierta belleza invita siempre a su inmediata colonización por turistas, lugareños y curiosos y sin embargo, en este caso, al menos en esos momentos, la mujer que se encuentra tirada en la playa y yo somos los únicos testigos: la belleza del lugar / del paisaje es como un regalo que se nos ofrece. Le pregunto por su nombre y, por primera vez, me responde: Ara, dice. Yo repito lo evidente: ¿Te llamas Ara? Me confirma con un movimiento de la cabeza, pero cuando le pregunto por qué está allí y qué le ha pasado ya no dice más. Aun así, su actitud resulta tan complaciente que me hace dudar si, minutos antes, oí realmente unos gritos y no fue una distorsión de mi oído confundido por las intensas ráfagas de viento que soplan con tanta fuerza en esta zona de la costa. Después me digo que es mejor no insistir y que debo esperar a que ella se decida a hablarme sin presionarla. Sin embargo, pasados algunos minutos, cuando compruebo que el día no tardará en empezar a declinar, le pregunto si se siente en condiciones de levantarse. Yo he llegado hasta aquel paraje en bicicleta y, dado el estado en que se encuentra, sería difícil llevarla subida en la barra, así que la única opción viable es la de hacer juntos a pie los siete kilómetros que nos separan del pueblo más cercano. Trato de explicárselo y al ver que ella parece no comprender, se lo repito utilizando diferentes palabras y expresiones, pero se limita a mirarme, una mirada que me sorprende de nuevo por su aparente calma. No sé bien si es que no me entiende o no le importa lo que le digo o es que en su fuero interno está persuadida de que le es imposible. En cualquier caso opto de nuevo por callarme y me limito a observar cómo empieza a caer la tarde, un espectáculo que me conmueve, quizás porque, por primera vez, me parece que el atardecer no es un fenómeno único sino que tiene distintas expresiones simultáneas, como ramificaciones, y da lugar a una pequeña multitud de sensaciones. Hay en todo atardecer un momento en que el sol parece detenerse en su caída, y así ocurre también en este caso: durante unos minutos interminables disfruto del espectáculo de los sucesivos matices y colores que brillan y se reflejan en el cielo, en el mar y en la arena. En esos momentos, bajo el influjo de aquel impresionante espectáculo, llevado por un impulso de sinceridad, cojo la mano a aquella mujer queriendo asegurarme de que todo está bien y de que ella sigue tranquila. En esos momentos, todavía no se ha lamentado por nada y nada parece preocuparle, ni siquiera el hecho evidente de que no tardará en oscurecer, lo cual, sin embargo, ha hecho que empiece a prepararme mentalmente para pasar la noche allí. A la hora que es, resulta ya completamente insensato intentar ir a ninguna parte, así que tendremos que pasar la noche en aquella playa y yo velaré por una desconocida con la que, sin embargo, hasta entonces no he logrado intercambiar más de una palabra y que no parece reclamar ni necesitar absolutamente nada. Incluso cuando le he ofrecido el poco de comida que llevaba conmigo y que había guardado en previsión para un largo día de excursión en bicicleta, lo ha rechazado. Yo, sin embargo, tengo tanta hambre que no puedo evitar empezar a comer uno de los bocadillos preguntándome si con ello no le estoy robando a ella la posibilidad de salvarse y cuando, momentos después, le ofrezco beber agua, también lo rechaza. Me gustaría saber por qué, pero me doy cuenta de que es inútil preguntarle y una vez más me quedo observándola y compruebo que continúa tranquila, pero sin ningún deseo de comunicarse. Aun así, cuando, por momentos, la fuerza con que tengo cogida su mano se relaja, ella misma la aprieta como recordándome (y recordándose a sí misma) que existe ese lazo físico entre nosotros y advirtiéndome (o al menos así lo interpreto yo) que no debo interrumpirlo, y sin embargo, es eso precisamente lo que hago en esos momentos, aunque no por desentenderme de ella, sino porque he decidido ir a buscar algo a mi bicicleta: me he acordado de que había metido un chubasquero en la pequeña mochila que suelo llevar conmigo en mis excursiones y al notar que la noche empieza a refrescar, me he dicho que es importante que la tape, así que subo todo el camino empinado hasta donde he dejado tirada la bicicleta y, tanteando en la oscuridad, cojo el chubasquero y bajo corriendo. Una vez a su lado mientras la tapo, me fijo que tiene los ojos cerrados. Probablemente está dormida. Me tumbo a su lado. Trato también de dejarme llevar por el sueño. El ruido del oleaje se va metiendo poco a poco en mi cabeza, un ruido dulcemente repetitivo que recuerda el orden deseado de la naturaleza, pero no consigo quedarme dormido y me doy cuenta de que, en el fondo de mí, prefiero que sea así y me siento más atraído por la idea de velar por el estado de aquella mujer y deseo permanecer vigilante y atento ante las extraordinarias circunstancias que estoy viviendo. De pronto se levanta un viento frío y sostenido que me obliga a acercarme un poco más a su cuerpo, un gesto que hago sin embargo con pudor, incómodo ante la idea de que pueda sentirse molesta. Momentos después, dirijo mi mirada al cielo y disfruto un buen rato del grato espectáculo de las estrellas, que me parecen parpadear ante mi mirada fija y concentrada. Hacía muchos años que no vivía una sensación similar a la de aquellos momentos. Imbuido por el conjunto de sensaciones que se han apoderado de mí y de su intensa originalidad, me siento como si no estuviera realmente en ninguna parte, y tengo la impresión de que aquella playa podría ser cualquier otra playa del mundo y, aquella noche, una noche cualquiera. No puedo concebir una sensación más agradable que la que tengo en esos momentos y mi deseo sincero es que la noche se prolongue sin final y que a esa noche le siga otra y, a esta, otra, en una larga oscuridad poblada sin embargo de estrellas y plena de sentido, y es así, con este grato pensamiento, como me quedo finalmente dormido.

Una o dos horas después (no lo sé con seguridad), me despierto sobresaltado. Abro los ojos al sentir ruidos y movimiento a mi lado y descubro con sorpresa que Ara no está sola. Me incorporo de un salto. El sueño me había hecho olvidar dónde estaba, así que mi sorpresa es doble. Junto a Ara hay dos mujeres. Les pregunto y me dicen que han venido a buscarla. ¿Cómo? ¿A buscarla? ¿Pero la conocen? Y después, a Ara: ¿Te conocen? ¿Las conoces tú? Ella asiente con la cabeza. Me siento tan confundido y perplejo… No entiendo nada y menos aún la profunda inquietud que se apodera de mí en esos momentos ante la idea de que aquella experiencia se ha acabado y con ella también la insólita situación vivida durante esa noche. Cuando pregunto a aquellas mujeres, me dicen que son familia de ella, y cuando quiero saber por qué la han dejado sola durante tanto tiempo, una de ellas me da la respuesta más extraña que quepa imaginar: Ara había decidido irse a buscar la noche y ellas no habían querido impedírselo. ¿Y no habían tenido miedo a lo que le pudiera pasar?, les pregunto, pero no me responden, solo me miran en silencio y lo mismo hago yo, aunque en mi caso mucho más emocionado y abatido, lo que hace que me pregunte: pero entonces, ¿qué he sido yo para ella, tan sólo un mero accidente? Un total desamparo se abate sobre mí cuando veo cómo Ara se aleja con paso torpe ayudada por aquellas dos mujeres y compruebo que ni siquiera se vuelve para mirarme mientras toma el camino ascendente a la espalda del acantilado. Dios mío, me digo, pero ¿quién es esa mujer?»

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