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Por qué escribo (I encuentro escritores organizado por ediciones de la discreta)

Se nos pide que respondamos brevemente a la pregunta de por qué escribimos y lo primero que me viene a la cabeza es que he llegado a un punto en que sencillamente escribir me resulta más fácil que no escribir. Se empieza escribiendo por la mitología que rodea a la figura del creador y por la admiración hacia otros escritores, y con los años esa mitología pierde mucho de su brillo y sólo sobrevive una desnuda obsesión por escribir una hoja más, un libro más, una fantasía más. De hecho, creo que el mejor momento de este oficio es aquel en el que ya sólo cuenta cumplir con el compromiso asumido con uno mismo, y se hunda el mundo, se sucedan las crisis económicas o se levanten los muertos de sus tumbas, uno hace cada día lo que tiene que hacer: escribir, enlazar palabras, frases, relatos; es decir, por decirlo con rotundidad, se escribe y punto, se escribe sencillamente porque sí.

Claro que una respuesta como ésta puede resultar algo tajante y, ahora que lo pienso, podría además convertirse en un tentador y peligroso antecedente. Si ante la pregunta de por qué escribo, respondo «escribo y punto», ante la pregunta de cómo me van las cosas, nada me impediría decir: «vivo y punto», respuesta que sin duda dejaría un poco perplejo a mi interlocutor y, del mismo modo, ante quien mostrase interés por mis proyectos, decirle: «los tengo y punto», o frente a un «¿estás enamorado?», soltar: «¿enamorado? Joder, se ama y punto» o incluso, por llevar un poco más lejos aún nuestra comparación y hacerla de paso algo más escabrosa, ante la presencia de un cadáver a nuestros pies del que se nos sospecha culpables, despacharnos con un «basta, se mata y punto». Amar, vivir, proyectarse uno sin más explicaciones, sin otra justificación, ¿no es en realidad sumamente tentador?

Precisamente por ello, al margen de las delicadas connotaciones éticas que implica una respuesta de este tipo (sobre todo cuando hay cadáveres de por medio), prefiero mantenerme en lo dicho: creo haber llegado efectivamente a una fase en la que la afirmación rotunda: «escribo porque escribo», es la que prefiero. Aun siendo un esfuerzo, ya no lo vivo como tal, y aun cuando es causa de muchos dolores de cabeza, yo sigo escribiendo como si tales dolores no existieran y casi diría ni tan siquiera la cabeza. Al fin y al cabo, si ésta sirve para calcular y aclararse un poco las ideas sobre el sentido y la oportunidad de lo que se está haciendo, en el caso de escribir (sobre todo a la vista de las dificultades que se encuentran), uno llega a un estado en el que es mejor olvidar los cálculos, desentenderse de oportunidades que nunca llegan y…en cuanto al sentido… bueno, ¿para qué hablar?

De ahí el placer secreto que experimento cuando me oigo decir: se escribe y punto, tenga sentido o no, sea provechoso o no, te lo aconsejen o no, y aunque vaya en contra de toda cordura, pues en esto no nos queda al final otra cordura que la obcecación de ejercer el puro oficio de escribir.

Y sin embargo, aun aceptando que todo lo que he dicho es cierto, debo confesar que yo mismo no me lo acabo de creer. Algo me dice que, bien pensado, ésta no puede ser toda la verdad. Vivimos en una época típica de nuestra Era de la Psicología y eso de decir «lo hago porque lo hago» o bien «no hay razones para mis razones», nos resulta siempre sospechoso (de hecho, tanto es así que hoy consideramos imposible que no exista un majestuoso Inconsciente que justifique todas nuestras inconsciencias).

Desde el asesino al enamorado, desde el político que se ofrece a salvar la patria al empleado que ha decidido trabajar más, siempre se buscan razones y si yo digo que cada día, sin otro motivo que el que tienen las horas para convertirse en días y los días en años, «escribo porque sí», alguien me podría decir: de acuerdo, todo eso está muy bien, suena rotundo y la rotundidad puede pasar por una virtud ante un público tolerante, pero es que si tú te sientas todos los días a una mesa con el ordenador, es porque hay un acicate, un impulso que, más allá de esa mitología y esa admiración de las que hablabas al principio, te empujan a ello. Tu pasado, tu infancia, quizás tu escala de valores (siempre has creído mejores a aquellos que se adentran en el alma como en una geografía de grandes recursos que a los que la llevan como un fardo y arden de ganas por soltarla como se hace con un animal sucio y ruidoso al borde de la carretera), tu escala de valores, decía, o incluso tu ambición, lo reconozcas o no, son en realidad los que te sientan a la mesa, o mejor aún, son ellos mismos, esos otros motivos profundos, los que «se» sientan en tu nombre, a veces incluso usurpando tu nombre, porque hay días en que maldita la gracia que te hace ponerte a fabular sobre las desavenencias de un personaje con otro y los motivos que tienen para odiarse, sobre todo cuando ninguno de los dos está dispuesto a confesarlo. Por tanto, en tu respuesta (me diría esa persona), falta el fondo del deseo, falta el rostro oculto de la voluntad: nos engañas o te engañas, una de las dos.

Y bueno, sí, creo que tendría razón. Más que sentarme a la dichosa mesa, soy en gran medida efectivamente «sentado», y además hay viejos sueños de infancia y hay ambiciones y valores con los que trato de cumplir, lo que ocurre es que éstos están presentes en mi conciencia sólo en algunos momentos puntuales, presentes sobre todo cuando la obra sale de mis manos y, además, por cierto, aquí no se trata de hablar de la realidad sino de la explicación que uno quiere dar a la realidad, que es algo muy distinto.

Y precisamente, hablando de realidad… me temo que tengo que concluir. No me queda tiempo, se me acaba el espacio en esta segunda página para decir más, y hay que atenerse a lo acordado. Añadiré, sin embargo, una última cosa: dije al principio que escribía porque me resulta más fácil escribir que no escribir. La frase era algo ambigua y requiere una precisión que ahora puedo dar con más claridad: escribir es para mí más fácil porque cuando escribo puedo dejar de pensar en las razones de por qué lo hago.

Muchas gracias.

 

Ramón de la Vega

Bruselas, 8 de julio de 2008

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